Pinchando balones

He jugado al fútbol desde muy pequeño. Mis primeras amistades se forjaron –y también marchitaron– dentro del campo o hablando sobre él. Jorge Valdano asegura en el “Prólogo” de sus Apuntes del balón, que «en el fútbol entran tres maravillas humanas: la memoria, la emoción y los sueños; luego en el fútbol entra todo». Afirmación atrevida, diría yo. Porque la memoria lo es del pasado, y éste guarda sorpresas siempre por descubrir y quizás no del todo agradables (lo vivido raramente coincide con lo recordado); por su parte, la emoción puede verse truncada por el siempre acechante hastío (sólo hay que escuchar a Guardiola cuando explica que abandona el banquillo del Barça, entre otras razones, porque “ganar desgasta”; también hay emociones, y sigo tu exquisito uso del lenguaje, Valdano, que deshinchan el alma); y por último, nuestro pedante –pero en España tan querido– argentino se refiere a los sueños: sueños que, en el mejor de los casos, acaban en un porcentaje monstruosamente alto en un despertar lloroso y melancólico, en una mirada hacia el techo (del mismo color que la palidez de quien cobra consciencia de sus limitaciones) y en un camino hacia la ducha que ha de despertarnos, o mejor, arrancarnos definitivamente de nuestras fantasiosas intenciones.

Ese “todo” al que Valdano se refiere (memoria, emoción y sueños) se da, como en el fútbol, en casi toda empresa humana: desde la contemplación de un evocador paisaje, pasando por actividades más eruditas como la lectura o el estudio, e incluso –y acaso donde más– en la práctica del sexo. Sigue el “Prólogo” del augusto argentino de esta manera: «Los recuerdos nos permiten contar mentiras hermosas sobre los jugadores y el juego. La emoción está atada al presente; a la incertidumbre del resultado, al amor y el odio que se juntan en la cabeza del aficionado para disfrutar cualquier partido, a la alegría y a la bronca explosiva por el balón que entró o no entró por un centímetro». Definitivamente, Valdano habla del sexo. En el fútbol, como también en la vida, jugar bien no significa ganar. Aunque como siempre en estos casos pueda venir Guti a desengañarnos.

A pesar de su excelencia técnica y de su inigualable y creativa visión de juego, siempre arrastró tras de sí a toda una horda de críticos que no le dejaron en paz, ya fuera en el Real Madrid o en su malhadado paso por la Selección. Es cierto que su trayectoria fue algo irregular (por lo que dicen las revistas del corazón, también fuera del campo –aunque últimamente sólo escuchamos por su boca promesas de amor eterno dirigidas a su actual pareja). Una irregularidad que le ha servido, sin embargo, para permanecer en el club más laureado de la historia del fútbol durante catorce años, para hacerse lo suficientemente rico como para no andar pendiente de lo que la prensa cuenta a todas horas sobre él, y lo más importante, ha mostrado que no hace falta jugar bien… para ganar. Más que desmentir aquella primera afirmación, la complementa. Entre tacones altos, algún título de por medio, salidas nocturnas y líos de faldas, Guti ha sabido compaginar y explotar muy bien el filón que suponía ocupar a media jornada la mediapunta del Madrid, atendiendo siempre y sin excepción a sus detractores –a quienes nunca dudó en mandar a buscar amapolas.

Guti es, sin duda, el prototipo de futbolista –quién lo iba a decir– que se ajusta a la descripción más arriba mencionada de Valdano (quien, por cierto, le hizo debutar en la primera plantilla del Madrid). Los elegantes trajes y el generoso verbo del argentino siempre fueron proporcionales a la calidad de Guti en el campo. , auténtico enfant terrible del fútbol europeo y casi mundial (junto a varios más de su especie, aunque distintos, como Éric Cantona, o en nuestros días, el impetuoso Balotelli) ha conseguido incluso, como el capitalismo, hacernos creer que no hay manera de derrotar su vanidad: cuando todos creíamos que no volvería a la luz pública (al menos declaradamente), no duda en montar una campaña de publicidad en la que pone de manifiesto todos y cada uno de los clichés de niño rico y malcriado que desde tiempos remotos se le han adjudicado. Como también dice Valdano en el libro mencionado, «En el fútbol, Dios es el resultado».

Y miren ustedes si hace falta jugar bien, o hacerlo siempre, para ganar. A la vista está que no. La filosofía no sólo está en los libros. También la encontramos, por qué no, en casa de Guti –el Epicuro moderno. ¿Para cuándo tu primer tratado?

(Artículo escrito por Carlos J. González –@CarlosJ_GS-, Redactor Jefe en Travelarte)

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