Apoelíneos y milanistas

Este artículo no podría ser concebido si no hubiéramos entendido, desde el punto donde empiezan los recuerdos, la rivalidad entre Real Madrid y F.C. Barcelona. Cada año, obviando la más que productiva -en términos puramente económicos- lucha de dioses futbolísticos, que no sólo se apuñalan en el campo, también en ruedad de prensa, impugnaciones horarias, televisiones y un sinfín de etcéteras, la Champions League se convierte en el campo de batalla más hipócrita que podemos conocer.

Esta temporada, no podría haber sido menos. Tanto en la ida, como en la vuelta, los madridistas y culés de bandera (o eso dicen ellos) guardaban la compostura en sus partidos, conscientes de la masacre pública que podría suponer la eliminación. Para ambos seguidores, su partido más interesante no se vivía, curiosamente, el día que jugaba su equipo, si no el día que competía el conjunto rival.

Por parte de los merengues, defendieron a los milanistas como si todos ellos hubieran nacido en la mismo Duomo de Milano. Eran del A.C. Milán, de toda la vida. Los que hace dos días apretaban las tuercas a la chulería intrínseca de Ibrahimovic, a los comunes fallos de Robinho y a la tercera edad de Abbiati. Si, para colmo, te gusta la política, podías arremeter contra las idéas fascistas del guardameta italiano [entrevista personal sobre su condición y admiración a Benito Mussolini]. Esos mismos, defendían la escuadra milanista como nunca nadie había hecho. Sin saber muy bien la razón, se habían disfrazado de tifosis incondicionales.

El partido, como tal, tuvo poca chicha que dirían los vetustos periodistas deportivos. El F.C. Barcelona es un gran equipo que puede con los de Allegri. Puede sobrada y soberanamente. Los penaltis pitados en contra son motivo de disputa y relleno de debate televisivo: a mayor crispación, mayor audiciencia y, a mayor audicienda, mayor fuente de ingresos. (Aristóteles y sus cosas). Para nosotros, desde esta posición no siempre tan neutral como nos gustaría, el primer penalti tiene sus dudas y el segundo, jamás se pitaría. Nunca. Ni en un partido de solteros contra casados. Aun así, el A.C. Milán se vió superado por los de Guardiola que pusieron la quinta marcha y demostraron por qué son, a día de hoy, el mejor equipo del mundo. A la salida del choque, en la conocida zona mixta, Ibrahimovic arremete contra los blaugranas apoyándose en el entrenador portugués del Real Madrid. “Ahora entiendo-dice- a Mourinho que se enfada cuando viaja a Barcelona. Los dos penaltis no son”, dejando caer la teoría enrevesada sobre si Platini y la federación apoyan al F.C. Barcelona con ayudas arbitrales. Resumen: Los madridistas sienten que les han robado, que los italianos no merecían esto, que pobrecitos, que son siempre los damnificados, que los muchachos vienen del norte de milán para esto. No tiene perdón. ¡A ellos! que nos han traido la zuppa pavese. Platini, señalado y desterrado.

Un día después, nuevamente la hipocresía toma el puente aéreo y se marcha a Barcelona. Allí esperan, con menos espectativas por el resultado de la ida, que los griesgos del Apoel de Nicosia hagan la heroica jugada que les lleve a semifinales. Los blaugranas se convierten, esta vez, en apoyo incondicional de los griegos. No lo conocían pero daba igual. Se enfrentan al Real Madrid y deben ganar si o si. Lo cierto es que hubo menos jugadas para la interpretación y las teorías de robo que en el partido del Nou Camp. El penalti de Altintop fue, y fue pitado. Cristiano Ronaldo lanza la falta y el árbitro ha señalado que puede lanzarse. Kaka mete un gol desde fuera del área a velocidad media y, por tanto, no podemos reprocharle que los balonazos no valen. Y Di María, ¡ay, fideo! cuánto le han echado de menos en el Bernabeu. Salió, asistió, desbordó y marcó. En 38 minutos de juego no cabía decir nada más. Resumen: diferencia de juego y goles. Por primera vez, sin que sirva de precedente, un jugador (Paulo Jorge) pierde tres dientes y Pepe no tiene absolutamente nada que ver. Editores de la prensa de Barcelona dimiten en el acto por falta de idéas para la portada de su diario.

Como vemos, en ambos lados de la península el argumento es tan banal como zafio. A unos el Milán les da completamente igual y a otros, el Apoel, les resulta simpático. Pero cuando su rival está por medio, ya se sabe: El enemigo de mi enemigo, es mi amigo.

Al final, lo que es inevitable, es que unas semifinales Bayern Munich – Real Madrid y Chelsea F.C. – F.C. Barcelona son una delicia para los amantes de este deporte. Que vayan preparando unas cervezas alemanas destino Barcelona y, a la capital, que manden un surtido variado de fish&chips que, en dos semanas, nos volveremos münchners y londinenses.

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